harlotte Usher cruzó con paso decidido el aparcamientoen dirección a la puerta principal de Hawthorne
High repitiéndose su mantra positivo: «Este
año es diferente. Éste es mi año». En lugar de permanecer grabada
para siempre en la memoria de sus compañeros de instituto
como la chica que sólo ocupaba espacio, la ocupasillas, la que
succionaba ese aire tan preciado al que bien podía haberse dado
otra utilidad mucho más provechosa, este año empezaría con
otro pie, un pie enfundado en los zapatos más exclusivos y más
incómodos que el dinero puede comprar.
Había malgastado el año anterior sintiéndose como la hijastra
no deseada del alumnado de Hawthorne High, y no tenía la menor
intención de darse por vencida. Este año, el primer día de
curso iba a ser el primer día de su nueva vida.
Al acercarse a la escalinata de entrada, contempló cómo destellaban
contra las puertas los últimos flashes de las cámaras de los
reporteros del anuario del colegio mientras Petula Kensington y su pandilla se adentraban altivas en el vestíbulo. Siempre llegaban las últimas y luego succionaban a los demás tras ellas en una
especie de resaca de popularidad. Su entrada marcaba el arranque
oficial del curso. Y Charlotte estaba sola allí fuera y empezaba con retraso. Como siempre. Hasta entonces.
El bedel encargado de la puerta asomó la cabeza y echó un vistazo por si faltaba alguien por entrar. No había nadie. Bueno, sí que había alguien pero, como siempre, no se percató de
Charlotte, que apretó el paso cuando él empezó a cerrar la gigantesca puerta metálica. A ella se le antojó la de la cámara de seguridad de un banco. Pero sin dejarse intimidar, por una vez,
Charlotte alcanzó las puertas a tiempo de poder colar por el resquicio la punta de su zapato nuevo y evitar así que se cerraran del todo.
—Perdona, no te había visto —murmuró el bedel con indiferencia.
Nadie la veía, lo que era de esperar, pero por lo menos había conseguido cierto reconocimiento y una disculpa. Al parecer, su «Plan de Popularidad», una larga lista que había confeccionado
meticulosamente con el fin de atrapar al objeto de su deseo, Damen Dylan, empezaba a funcionar.
Al igual que muchos otros de su condición, Charlotte había pasado el verano entero trabajando, sin embargo, a diferencia de la mayoría, ella había estado trabajando para sí. Se había dedicado
en cuerpo y alma a estudiar el anuario del año anterior, casi como si le fuera la vida en ello.
Había estudiado a Petula, la chica más popular del instituto, y a las dos lameculos que tenía por mejores amigas, las Wendys —Wendy Anderson y Wendy Thomas—, del mismo modo que algunas fans estudian a su famoso predilecto. Quería que todo le saliera a la perfección. Justo como a ellas.
Se dirigió confiada al primer destino marcado en su agenda: la hoja de inscripción para las pruebas de animadora. Animadora. La hermandad más cotizada y exclusiva de todas las hermandades femeninas, el Billete Dorado con el que conseguir no sólo que se fijaran
en ella sino que la envidiaran. Charlotte agarró el viejo bolígrafo que pendía del tablón de anuncios colgado de un cordel deshilachado remendado con cinta adhesiva de papel y se dispuso a inscribir su nombre en el último recuadro que quedaba en blanco.
No había terminado de escribir la ce, cuando sintió unos rudos golpecitos en el hombro. Charlotte dejó de escribir y se giró para ver quién osaba interrumpir su primera tarea del día, o,
mejor dicho, la primera tarea de su nueva vida, y vio una fila de chicas que habían acampado toda la noche para inscribirse. Más que para una prueba parecía que estaban allí para un casting.
La chica de los golpecitos la miró de arriba abajo, le arrebató el bolígrafo y de un plumazo inscribió su nombre y tachó el de Charlotte. Luego abrió la mano y dejó que el bolígrafo se precipitara sin remisión cuan largo era el cordel del que pendía.
Charlotte contempló cómo el bolígrafo se mecía contra la pared como un ahorcado.
Mientras se alejaba, escuchó a su espalda las risitas de la jauría de aspirantes a animadoras. Charlotte ya había experimentado antes esa clase de crueldad, tanto a la cara como a sus espaldas, y siempre había tratado de que no le afectase lo que los demás pensaban o decían de ella. Pero ni maquillada había conseguido dotarse de una piel tan gruesa como para soportar la peor de las humillaciones. Se sacudió su malestar, decidida a no perder los nervios ni su
dignidad. Consultó la agenda y murmuró para sí: «Asignación de taquillas». Lo tachó de la lista y se dirigió a toda prisa hacia su próximo destino.
Mientras caminaba, por su mente se sucedía a toda velocidad el itinerario que había seguido aquel verano. Para hacer honor a la verdad, debía reconocer que había hecho un esfuerzo desmesurado en su intento por lograr que él se fijara en ella. Se diría que se había pasado y mucho. No es que hubiera recurrido al bisturí, no, a tanto no llegaba la cosa, pero pelo, régimen, armario, preparación y estilismo habían consumido la totalidad de sus vacaciones. Después de todo, se estaba dando una oportunidad, y con todo lo dicho y hecho, ¿qué daño iba a hacerle una
gigantesca dosis de autosuperación?
Naturalmente, sabía que aquello era casi todo... está bien, que era todo superficial, pero ¿y qué? Si su vida hasta ahora servía de ejemplo, era evidente que, de todas formas, toda esa historia
de la belleza interior no era sino una bobada. La «Belleza Interior» no sirve para que te inviten a las mejores fiestas con la gente guapa. Y está claro que no sirve para que Damen Dylan te invite
al Baile de Otoño.
En definitiva, Damen era prioritario, y las fechas tope como ahora lo era el baile siempre conseguían motivar a Charlotte. La vida es una sucesión de elecciones, y ella había hecho la suya.
Justificaba su deriva hacia la superficialidad como jugada estratégica.
Desde su punto de vista, sólo había dos maneras de acceder a Damen. Una era a través de Petula y su pandilla. Pero dada la reputación de Charlotte, o más bien la ausencia de ella, las probabilidades eran ciertamente escasas. Aquellas chicas siempre habían sido populares. Y lo iban a ser siempre. Es más, la esencia misma de la popularidad radicaba en su cualidad de
inalcanzable. No era algo a lo que uno pudiera optar o que pudiera conseguir. Era algo que le era otorgado a uno; cómo o por quién, pensó Charlotte, era todo un misterio.
Pero, y era aquí donde el plan de actuación de Charlotte adquiría tintes más sutiles, si lograba un aspecto lo suficientemente parecido al de Petula y las Wendys, si conseguía actuar de forma
similar a ellas, pensar como ellas, «encajar» con la gente con la que Damen encajaba, tal vez entonces tuviera alguna posibilidad.
Había muchas razones por las que bien valía la pena cambiar de aspecto, y ella pensaba que hasta ahí lo había conseguido.
Esto la llevaba a la otra manera de acceder a Damen. La mejor de las dos opciones. La que ella prefería: evitar a las chicas por completo y abordar a Damen directamente. Se trataba de una
jugada arriesgada, sin lugar a dudas, puesto que a ella lo de ligar no es que se le diera demasiado bien. El cambio de apariencia era el primer paso necesario, pero la fase siguiente suponía la diferencia entre el éxito o el fracaso. Se había apuntado a todas las clases a las que tenía la certeza de que él asistiría y había planeado rondar su taquilla, la cual tenía intención de localizar acto seguido.
especie de resaca de popularidad. Su entrada marcaba el arranque
oficial del curso. Y Charlotte estaba sola allí fuera y empezaba con retraso. Como siempre. Hasta entonces.
El bedel encargado de la puerta asomó la cabeza y echó un vistazo por si faltaba alguien por entrar. No había nadie. Bueno, sí que había alguien pero, como siempre, no se percató de
Charlotte, que apretó el paso cuando él empezó a cerrar la gigantesca puerta metálica. A ella se le antojó la de la cámara de seguridad de un banco. Pero sin dejarse intimidar, por una vez,
Charlotte alcanzó las puertas a tiempo de poder colar por el resquicio la punta de su zapato nuevo y evitar así que se cerraran del todo.
—Perdona, no te había visto —murmuró el bedel con indiferencia.
Nadie la veía, lo que era de esperar, pero por lo menos había conseguido cierto reconocimiento y una disculpa. Al parecer, su «Plan de Popularidad», una larga lista que había confeccionado
meticulosamente con el fin de atrapar al objeto de su deseo, Damen Dylan, empezaba a funcionar.
Al igual que muchos otros de su condición, Charlotte había pasado el verano entero trabajando, sin embargo, a diferencia de la mayoría, ella había estado trabajando para sí. Se había dedicado
en cuerpo y alma a estudiar el anuario del año anterior, casi como si le fuera la vida en ello.
Había estudiado a Petula, la chica más popular del instituto, y a las dos lameculos que tenía por mejores amigas, las Wendys —Wendy Anderson y Wendy Thomas—, del mismo modo que algunas fans estudian a su famoso predilecto. Quería que todo le saliera a la perfección. Justo como a ellas.
Se dirigió confiada al primer destino marcado en su agenda: la hoja de inscripción para las pruebas de animadora. Animadora. La hermandad más cotizada y exclusiva de todas las hermandades femeninas, el Billete Dorado con el que conseguir no sólo que se fijaran
en ella sino que la envidiaran. Charlotte agarró el viejo bolígrafo que pendía del tablón de anuncios colgado de un cordel deshilachado remendado con cinta adhesiva de papel y se dispuso a inscribir su nombre en el último recuadro que quedaba en blanco.
No había terminado de escribir la ce, cuando sintió unos rudos golpecitos en el hombro. Charlotte dejó de escribir y se giró para ver quién osaba interrumpir su primera tarea del día, o,
mejor dicho, la primera tarea de su nueva vida, y vio una fila de chicas que habían acampado toda la noche para inscribirse. Más que para una prueba parecía que estaban allí para un casting.
La chica de los golpecitos la miró de arriba abajo, le arrebató el bolígrafo y de un plumazo inscribió su nombre y tachó el de Charlotte. Luego abrió la mano y dejó que el bolígrafo se precipitara sin remisión cuan largo era el cordel del que pendía.
Charlotte contempló cómo el bolígrafo se mecía contra la pared como un ahorcado.
Mientras se alejaba, escuchó a su espalda las risitas de la jauría de aspirantes a animadoras. Charlotte ya había experimentado antes esa clase de crueldad, tanto a la cara como a sus espaldas, y siempre había tratado de que no le afectase lo que los demás pensaban o decían de ella. Pero ni maquillada había conseguido dotarse de una piel tan gruesa como para soportar la peor de las humillaciones. Se sacudió su malestar, decidida a no perder los nervios ni su
dignidad. Consultó la agenda y murmuró para sí: «Asignación de taquillas». Lo tachó de la lista y se dirigió a toda prisa hacia su próximo destino.
Mientras caminaba, por su mente se sucedía a toda velocidad el itinerario que había seguido aquel verano. Para hacer honor a la verdad, debía reconocer que había hecho un esfuerzo desmesurado en su intento por lograr que él se fijara en ella. Se diría que se había pasado y mucho. No es que hubiera recurrido al bisturí, no, a tanto no llegaba la cosa, pero pelo, régimen, armario, preparación y estilismo habían consumido la totalidad de sus vacaciones. Después de todo, se estaba dando una oportunidad, y con todo lo dicho y hecho, ¿qué daño iba a hacerle una
gigantesca dosis de autosuperación?
Naturalmente, sabía que aquello era casi todo... está bien, que era todo superficial, pero ¿y qué? Si su vida hasta ahora servía de ejemplo, era evidente que, de todas formas, toda esa historia
de la belleza interior no era sino una bobada. La «Belleza Interior» no sirve para que te inviten a las mejores fiestas con la gente guapa. Y está claro que no sirve para que Damen Dylan te invite
al Baile de Otoño.
En definitiva, Damen era prioritario, y las fechas tope como ahora lo era el baile siempre conseguían motivar a Charlotte. La vida es una sucesión de elecciones, y ella había hecho la suya.
Justificaba su deriva hacia la superficialidad como jugada estratégica.
Desde su punto de vista, sólo había dos maneras de acceder a Damen. Una era a través de Petula y su pandilla. Pero dada la reputación de Charlotte, o más bien la ausencia de ella, las probabilidades eran ciertamente escasas. Aquellas chicas siempre habían sido populares. Y lo iban a ser siempre. Es más, la esencia misma de la popularidad radicaba en su cualidad de
inalcanzable. No era algo a lo que uno pudiera optar o que pudiera conseguir. Era algo que le era otorgado a uno; cómo o por quién, pensó Charlotte, era todo un misterio.
Pero, y era aquí donde el plan de actuación de Charlotte adquiría tintes más sutiles, si lograba un aspecto lo suficientemente parecido al de Petula y las Wendys, si conseguía actuar de forma
similar a ellas, pensar como ellas, «encajar» con la gente con la que Damen encajaba, tal vez entonces tuviera alguna posibilidad.
Había muchas razones por las que bien valía la pena cambiar de aspecto, y ella pensaba que hasta ahí lo había conseguido.
Esto la llevaba a la otra manera de acceder a Damen. La mejor de las dos opciones. La que ella prefería: evitar a las chicas por completo y abordar a Damen directamente. Se trataba de una
jugada arriesgada, sin lugar a dudas, puesto que a ella lo de ligar no es que se le diera demasiado bien. El cambio de apariencia era el primer paso necesario, pero la fase siguiente suponía la diferencia entre el éxito o el fracaso. Se había apuntado a todas las clases a las que tenía la certeza de que él asistiría y había planeado rondar su taquilla, la cual tenía intención de localizar acto seguido.
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