Y no era sólo que se hiciera ilusiones, se trataba de una conclusión a la que Charlotte había llegado después de observar a Damen detenidamente. En los centenares de fotografías que le
había hecho a escondidas a lo largo de varios años, Charlotte creía haber detectado cierta decencia, por qué no decirlo, en él.
Estaba en sus ojos, en su sonrisa.
Damen era imponente y atlético y se comportaba como puede esperarse de un auténtico guaperas, es decir, con superioridad, aunque sin que por ello dejara de ser agradable. No era de
sorprender que fuese esa decencia el rasgo de Damen que menos le gustaba a Petula. Quizá era la cualidad que más detestaba por tratarse precisamente de aquella de la que más carecían ella y todas sus amigas.
Con la risa de las candidatas a animadoras resonando todavía en sus oídos, Charlotte, de camino al gimnasio, deseó con todas sus ganas que la suerte se pusiera de su parte. Las asignaciones
de las taquillas estaban expuestas en la doble puerta, y Charlotte se dirigió directamente hacia ellas. Recorrió despacio con el dedo la columna de nombres dispuestos por orden alfabético en
la hoja de la pe a la zeta, echando un vistazo a los números de taquilla correspondientes mientras buscaba el suyo.
Todos los nombres le eran familiares; eran compañeros con los que había crecido, a los que conocía desde preescolar, primaria o secundaria. Sus rostros se encendieron y apagaron sucesivamente en su cabeza como un pase de diapositivas. Luego llegó a su nombre: «USHER, CHARLES. TAQUILLA 7».
«¡Siete! ¡Número de buena suerte!», se dijo interpretando aquello como un buen augurio. «Un número bíblico, es más.»
Rebuscó en su mochila y extrajo un lápiz, lo devolvió al interior y pescó un bolígrafo. Corrigió su nombre de forma permanente de «Charles» a «Charlotte». No quería ningún error, y menos en
este día.
Otra inspección con el dedo por la lista le reveló que la taquilla de Damen estaba en la otra punta del edificio. Echó a andar hacia la suya propia, dándose ánimos mentalmente.
«No pasa nada», se consoló Charlotte, que probó la combinación de su candado un par de veces, abriendo y cerrando la puerta de su taquilla cada vez, antes de salir en busca de la de
Damen.
Continuó andando y hablando para sí, mientras gesticulaba como un histrión que ensaya un monólogo, y de repente sintió como si se ahogase.
Preocupada, advirtió que había alcanzado la pasarela, la cual aparecía atestada de fumadores que daban una última calada antes de clase. La exhalación sincronizada de monóxido de carbono
producía una densa niebla acre y ya era demasiado tarde para contener la respiración. Así que apretó el paso. Las conversaciones fueron apagándose una a una al paso de Charlotte. Las
colillas, extinguidas en vasos de café extragrandes o pisoteadas en el cemento mientras las últimas virutas de humo se elevaban en torno a ella.
Cuando hubo dejado atrás la neblina y se acercaba a las puertas del extremo opuesto de la pasarela, Charlotte vio cómo un puñado de estudiantes se arremolinaba y retrocedía por el corredor, igual que cazadores de autógrafos a la puerta de la entrada de artistas de una representación que ha colgado el cartel de localidades agotadas.
—¡Damen! —exhaló sobrecogida.
Por encima de la multitud no acertó a divisar más que su espesa y hermosa cabellera, pero era cuanto necesitaba ver. Tenía la certeza de que era su pelo. Ni moldeador, ni cera, ni crema, ni
gomina, gel, champú de volumen, espuma o rastro alguno de metrosexualidad. Nada más que una imponente cabeza de pelo ondulado. Sin perder de vista su presa, Charlotte echó a andar
con aquella insólita modalidad desesperada de paso atropellado que ya empleara esa mañana para alcanzar la parada del autobús, y se precipitó jadeando hacia la taquilla contigua a la de él.
Llegó un instante antes que Damen y su multitud de adoradores, que había abierto una brecha para dejarle paso.
Hacía mucho que no estaba tan cerca de él, y aquello la afectó más de lo que habría pensado. Le había visto, en fotos al menos, durante todo el verano, pero ahora lo tenía allí, en persona.
Se sentía deslumbrada. Al aproximarse, la muchedumbre se cerró en torno a él. Cuanto más cerca lo tenía, menos divisaba. Se internó en el tumulto que le rodeaba, tratando de acercarse algo más, pero a cada intento acababa asfixiada por la vorágine. Así, en su primer día, Charlotte se descubrió ocupando una posición sobradamente familiar: en el exterior mirando hacia dentro.
harlotte Usher cruzó con paso decidido el aparcamiento
en dirección a la puerta principal de Hawthorne
High repitiéndose su mantra positivo: «Este
año es diferente. Éste es mi año». En lugar de permanecer grabada
para siempre en la memoria de sus compañeros de instituto
como la chica que sólo ocupaba espacio, la ocupasillas, la que
succionaba ese aire tan preciado al que bien podía haberse dado
otra utilidad mucho más provechosa, este año empezaría con
otro pie, un pie enfundado en los zapatos más exclusivos y más
incómodos que el dinero puede comprar.
Había malgastado el año anterior sintiéndose como la hijastra
no deseada del alumnado de Hawthorne High, y no tenía la menor
intención de darse por vencida. Este año, el primer día de
curso iba a ser el primer día de su nueva vida.
Al acercarse a la escalinata de entrada, contempló cómo destellaban
contra las puertas los últimos flashes de las cámaras de los
reporteros del anuario del colegio mientras Petula Kensington y su pandilla se adentraban altivas en el vestíbulo. Siempre llegaban las últimas y luego succionaban a los demás tras ellas en una
especie de resaca de popularidad. Su entrada marcaba el arranque
oficial del curso. Y Charlotte estaba sola allí fuera y empezaba con retraso. Como siempre. Hasta entonces.
El bedel encargado de la puerta asomó la cabeza y echó un vistazo por si faltaba alguien por entrar. No había nadie. Bueno, sí que había alguien pero, como siempre, no se percató de
Charlotte, que apretó el paso cuando él empezó a cerrar la gigantesca puerta metálica. A ella se le antojó la de la cámara de seguridad de un banco. Pero sin dejarse intimidar, por una vez,
Charlotte alcanzó las puertas a tiempo de poder colar por el resquicio la punta de su zapato nuevo y evitar así que se cerraran del todo.
—Perdona, no te había visto —murmuró el bedel con indiferencia.
Nadie la veía, lo que era de esperar, pero por lo menos había conseguido cierto reconocimiento y una disculpa. Al parecer, su «Plan de Popularidad», una larga lista que había confeccionado
meticulosamente con el fin de atrapar al objeto de su deseo, Damen Dylan, empezaba a funcionar.
Al igual que muchos otros de su condición, Charlotte había pasado el verano entero trabajando, sin embargo, a diferencia de la mayoría, ella había estado trabajando para sí. Se había dedicado
en cuerpo y alma a estudiar el anuario del año anterior, casi como si le fuera la vida en ello.
Había estudiado a Petula, la chica más popular del instituto, y a las dos lameculos que tenía por mejores amigas, las Wendys —Wendy Anderson y Wendy Thomas—, del mismo modo que algunas fans estudian a su famoso predilecto. Quería que todo le saliera a la perfección. Justo como a ellas.
Se dirigió confiada al primer destino marcado en su agenda: la hoja de inscripción para las pruebas de animadora. Animadora. La hermandad más cotizada y exclusiva de todas las hermandades femeninas, el Billete Dorado con el que conseguir no sólo que se fijaran
en ella sino que la envidiaran. Charlotte agarró el viejo bolígrafo que pendía del tablón de anuncios colgado de un cordel deshilachado remendado con cinta adhesiva de papel y se dispuso a inscribir su nombre en el último recuadro que quedaba en blanco.
No había terminado de escribir la ce, cuando sintió unos rudos golpecitos en el hombro. Charlotte dejó de escribir y se giró para ver quién osaba interrumpir su primera tarea del día, o,
mejor dicho, la primera tarea de su nueva vida, y vio una fila de chicas que habían acampado toda la noche para inscribirse. Más que para una prueba parecía que estaban allí para un casting.
La chica de los golpecitos la miró de arriba abajo, le arrebató el bolígrafo y de un plumazo inscribió su nombre y tachó el de Charlotte. Luego abrió la mano y dejó que el bolígrafo se precipitara sin remisión cuan largo era el cordel del que pendía.
Charlotte contempló cómo el bolígrafo se mecía contra la pared como un ahorcado.
Mientras se alejaba, escuchó a su espalda las risitas de la jauría de aspirantes a animadoras. Charlotte ya había experimentado antes esa clase de crueldad, tanto a la cara como a sus espaldas, y siempre había tratado de que no le afectase lo que los demás pensaban o decían de ella. Pero ni maquillada había conseguido dotarse de una piel tan gruesa como para soportar la peor de las humillaciones. Se sacudió su malestar, decidida a no perder los nervios ni su
dignidad. Consultó la agenda y murmuró para sí: «Asignación de taquillas». Lo tachó de la lista y se dirigió a toda prisa hacia su próximo destino.
Mientras caminaba, por su mente se sucedía a toda velocidad el itinerario que había seguido aquel verano. Para hacer honor a la verdad, debía reconocer que había hecho un esfuerzo desmesurado en su intento por lograr que él se fijara en ella. Se diría que se había pasado y mucho. No es que hubiera recurrido al bisturí, no, a tanto no llegaba la cosa, pero pelo, régimen, armario, preparación y estilismo habían consumido la totalidad de sus vacaciones. Después de todo, se estaba dando una oportunidad, y con todo lo dicho y hecho, ¿qué daño iba a hacerle una
gigantesca dosis de autosuperación?
Naturalmente, sabía que aquello era casi todo... está bien, que era todo superficial, pero ¿y qué? Si su vida hasta ahora servía de ejemplo, era evidente que, de todas formas, toda esa historia
de la belleza interior no era sino una bobada. La «Belleza Interior» no sirve para que te inviten a las mejores fiestas con la gente guapa. Y está claro que no sirve para que Damen Dylan te invite
al Baile de Otoño.
En definitiva, Damen era prioritario, y las fechas tope como ahora lo era el baile siempre conseguían motivar a Charlotte. La vida es una sucesión de elecciones, y ella había hecho la suya.
Justificaba su deriva hacia la superficialidad como jugada estratégica.
Desde su punto de vista, sólo había dos maneras de acceder a Damen. Una era a través de Petula y su pandilla. Pero dada la reputación de Charlotte, o más bien la ausencia de ella, las probabilidades eran ciertamente escasas. Aquellas chicas siempre habían sido populares. Y lo iban a ser siempre. Es más, la esencia misma de la popularidad radicaba en su cualidad de
inalcanzable. No era algo a lo que uno pudiera optar o que pudiera conseguir. Era algo que le era otorgado a uno; cómo o por quién, pensó Charlotte, era todo un misterio.
Pero, y era aquí donde el plan de actuación de Charlotte adquiría tintes más sutiles, si lograba un aspecto lo suficientemente parecido al de Petula y las Wendys, si conseguía actuar de forma
similar a ellas, pensar como ellas, «encajar» con la gente con la que Damen encajaba, tal vez entonces tuviera alguna posibilidad.
Había muchas razones por las que bien valía la pena cambiar de aspecto, y ella pensaba que hasta ahí lo había conseguido.
Esto la llevaba a la otra manera de acceder a Damen. La mejor de las dos opciones. La que ella prefería: evitar a las chicas por completo y abordar a Damen directamente. Se trataba de una
jugada arriesgada, sin lugar a dudas, puesto que a ella lo de ligar no es que se le diera demasiado bien. El cambio de apariencia era el primer paso necesario, pero la fase siguiente suponía la diferencia entre el éxito o el fracaso. Se había apuntado a todas las clases a las que tenía la certeza de que él asistiría y había planeado rondar su taquilla, la cual tenía intención de localizar acto seguido.

El libro comienza con la llegada de Isabella Swan a Forks. Es una adolescente de diecisiete años que ha vivido siempre con su madre, Renée, en Phoenix. Ésta se ha casado con Phil, un jugador de Béisbol, el cual debe viajar constantemente, cosa que a Bella no le gusta. Decide, por esto, irse a vivir a Forks, donde vive Charlie, su padre, y a quien ve muy poco. No le gusta el ambiente húmedo y nublado de Forks, al igual que a su madre.

Cuando llega, al principio es seria y seca con su padre, el jefe de policía del pequeño pueblo, pero más adelante va cogiendo confianza. Éste le consigue un coche para que pueda desplazarse sin depender de él. Al llegar a la escuela, (en la que Bella llama la atención más de lo que ella querría), conoce a Jessica, Ángela y Mike, quienes se van a convertir en sus amigos. También, el primer día, se fija en un grupo de cinco chicos, todos ellos hermanos pertenecientes a la familia de los Cullen, muy extraños, bellos, pálidos y sin ningún trato social más que con ellos mismos. Bella centra su atención en ellos, y en especial, en Edward Cullen, quien parecía que no tuviera ningún interés en ningún alumno de la escuela. Casualmente, Bella debe sentarse a su lado en la clase de Biología, en la cual lo conoce, a pesar de que la ignora fría y completamente. Edward no aparece en toda la semana siguiente. Cuando vuelve, este misterioso chico la trata con gran amabilidad.

Con el tiempo, Bella comienza a sentirse atraída por Edward. Un día éste la salva de un accidente del que ella no se explica cómo ha podido salir, pero esto hace que aumente más esa atracción. Dejan de hablarse durante más de un mes, ya que él no quería hablar sobre su reacción de salvarla del accidente, hasta que Edward vuelve a dirigirle la palabra, sin poder aún revelarle los numerosos interrogantes que Bella se preguntaba. Empezaron a conocerse, a coger confianza y a ser buenos amigos.

En una excursión con algunos de sus nuevos amigos, Bella conoce a Jacob Black, un chico descendiente de Billy, un buen amigo de Charlie. Jacob desciende de los nativos del pueblo residente, La Push. En una conversación secreta, Jacob le cuenta a Bella una leyenda sobre los fríos (vampiros) y los licántropos (hombres lobo), la cual dice que son enemigos los fríos de los licántropos. Los fríos llegaron hace muchos años y éstos no eran vampiros normales, sino que eran civilizados, refiriéndose a que no cazaban humanos, sólo animales. También cuenta que acordaron que debían estar los fríos lejos de las tierras de los licántropos a cambio de que éstos no iban a delatar a la gente “normal” que ellos eran vampiros, y esas tierras eran La Push. Con esta leyenda, Jacob le dice a Bella que los Cullen son vampiros. A pesar de que Bella queda horrorizada, se da cuenta que está demasiado enamorada de Edward, y, finalmente, decide que no le dará importancia a lo que sea Edward.

Bella le cuenta sus sospechas a Edward, y éste termina confirmándoselo, y Bella se da cuenta del porqué de la extraña y misteriosa actitud del chico.

Edward cree que lo mejor es que se separen, lo cual trata de enfatizar con Bella en variadas ocasiones, a pesar de que a ella pareciera no importarle. Aún así, Bella y Edward empiezan una extraña relación sentimental, por la cual Edward se siente atemorizado, creyendo que puede dañar a Bella. Finalmente, Edward demuestra que sus sentimientos hacia Bella son mutuos.

Bella conoce al resto de la familia Cullen, en la cual son todos vampiros procedentes de distintas familias humanas que para sobrevivir fueron convertidos en vampiros y pasaron a formar parte de las familia de Carlisle y Esme, “los padres”. Jasper, Alice, Rosalie y Emmet son los hermanos de Edward. Bella le presenta a Edward a su padre, pero no parece estar muy satisfecho con su relación.

Una noche Bella fue a ver jugar a los Cullen un partido de béisbol. En pleno partido, llega un nuevo clan de vampiros diferente a los Cullen. Ellos se alimentan de humanos. Uno de ellos trata de atacar a Bella, pero los Cullen la defienden, sobre todo Edward, ya que para él ella es su vida. A partir de entonces comienza una verdadera cacería para dar con ella. Los Cullen tratan de esconder a Bella llevándosela muy lejos de Forks y despistando al vampiro. Bella se asegura de que su padre esté bien, pero también quiere que no le pase nada a su madre. El vampiro engaña a Bella haciéndole pensar que la tiene secuestrada, cayendo en la trampa. Bella consigue escaparse del cuidado de Alice y Jasper que la tenían protegida mientras que Edward se dirige a Phoenix para reunirse con ella. Tras la huída, se reúne con el vampiro de forma voluntaria para liberar a su madre, pero se da cuenta que todo a sido un engaño y que su madre no se encontraba allí; que todo había sido un montaje para atraerla hacía él y poder disfrutar de su sangre. Bella es torturada y golpeada por el vampiro. Tras varios lanzamientos contra los espejos de la sala en donde estaban, Bella se hace cortes en la cabeza que le hacen perder el conocimiento. El vampiro consigue morderle en la mano e inyectarle ponzoña. Cuando Bella recobra el conocimiento, oye que justo acaba de llegar Edward junto al resto de la familia. Emmett y Jasper le dan fin al vampiro y Edward succiona la ponzoña de la herida. Carlisle le cuida las heridas y lar roturas, ya que era un buen médico.

Bella quería que Edward no le hubiera sacado la ponzoña de dentro y así ella se hubiera convertido en vampiro, pero él no lo hizo porque no quiere que Bella se convierta en uno de ellos, quiere que viva su vida humana.

Al final, Bella medio recuperada es llevada por Edward al baile de fin de curso junto a los otros vampiros y en el baile Bella habla con Jacob, el que es enviado por su padre, Billy, a cambio de 20 dólares, para que le diga que deje a su novio, que es peligroso para él. Bella no le hace caso, pero de todas formas le da las gracias a Billy por su preocupación.